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Lo que se va, lo que nos queda…

Posted in Lo que se va on marzo 13, 2008 by David Domínguez Michelangeli

David Domínguez M.  

daviddominguezm87@cantv.net

¿Cuánto de luz ha de extinguirse en lo más profundo de nuestro espíritu?, ¿Cuánta penumbra habrá enceguecido la conciencia misma del alma?…

En el amanecer, cuando en el alba se pintan los primeros rasgos de un nuevo día y cuando el silencio va cediendo espacio a una ciudad que despierta, no se ha asomado por mi ventana siquiera un vestigio de sol, de aquel gigantesco astro que reside en lo más profundo de la cultura; del espíritu colectivo.

En la extensión de nuestros mares, de nuestras tierras, en la amplitud infinita que se extiende a partir de nuestro obrar, he visto morir la luz que construíamos a partir de toda esta necesidad desesperada por que esta sangre, estos cuerpos, estas almas dejaran salir todo el fervor irascible contenido en su espíritu. Pero, entonces, cuando ya la vida se tejía en virtud del hacer y del alcanzar, toda esa erupción quedó como dormida en un sueño. Mas no de esos sueños que hacen los inventores de utopías o los que nacen como producto de la justicia, sino el sueño de una proyección ficticia ajena a nosotros mismos, cuya esencia ha sido encarnada siempre, con distintos rostros, épocas y colores, por aquellos que han de llamarse (o autodefinirse) redentores.

Pareciera, pues, que el problema son las finanzas, la “economía”, la propiedad privada, el socialismo, la oligarquía o el libre mercado. Sin embargo, al ver el amanecer esta mañana, no se asomó ante mi ventana la luz que, por lo demás, independientemente de los hechos ya nombrados, hubiera impregnado mi templo del brillo de su éter hermoso. Mi desconcierto fue tal, al ver que aún la sombra me abrasaba en su fuego vacío, en su nada ambigua pero estática, que mi espíritu se desplomó como un combatiente que se aproxima herido a la colina donde ascenderá su alma y que, en el último momento, cae destruido y vencido por la fatiga. Mi casa no hallaba la forma de vencer la sombra y mi templo era la ruina de un sol mortificado y escondido, como un niño que, desde algún matorral a unos pasos, ve al combatiente tendido en su lecho de muerte.

Entonces, ¿Son realmente esas cosas inmediatas y contingentes las que suponen, no sólo el letargo aciago de nosotros mismos, sino el hundirnos cada vez más en nuestra incapacidad de abrir los ojos y hacer?, ¿No es acaso nuestro problema uno que empieza, o que halla su causa, en la facilidad con la que hemos construido esta casa, este templo, esta res pública?. En todo caso, esa fatídica sangre fósil, viscosa y subterránea que llamamos nuestro “oro negro” y ese amor abominable por hombres uniformados y armados hasta los dientes, ¿no ha sido siempre la muestra de que no somos capaces de tomar las riendas del destino y sembrar y cosechar nuestra propia cultura y nuestro propio Ser?, ¿No será entonces que el gran problema es que nuestro espíritu está perdido en el laberinto de su propia inconciencia y conformismo?, ¿No será que tanto ha pasado que ya nuestro espíritu es como la garantía vacía de nuestra miserable inexistencia como unidad y como un todo?…

Todavía un Dios terrible se juega con lo que es nuestro, aún continúa seduciéndonos con su capacidad de hacerlo todo por nosotros, haciendo el rol paternal y falaz de quien obra en función de nuestras desgracias. Y se ríe de su niño que, siendo un mundo grande y con larga historia, se pregunta “ingenuamente” (como calificaría ese Dios): ¿Por qué las balas?, ¿Por qué tanta muerte entre hermanos?, ¿Dónde han quedado el verbo, las palabras?…

Y, entonces, aquello que se va es la forma más manifiesta de nuestra existencia, que es, precisamente, nuestra potencia y nuestra capacidad de obrar y de crear. Aquello que nos queda, o que nos está quedando, es esa oscuridad densa y vacía, la espera pasiva e inerte de un amanecer.

No obstante, cuando la sombra vacía me llevaba hacia ella, como un hoyo negro donde se halla el paso a una nueva vida signada por la derrota y el dolor, el combatiente subió la mirada y vio que la colina yacía algunas millas más lejos de lo que pensaba antes y vio, además, que el campo que se presentaba ante sí era el lienzo de una guerra de balas, traidores y muerte. –Pero, – se decía así mismo- ¿no queda aún mucho espacio para pintar sobre ese lienzo?- … Porque en aquella dura providencia, el amor, la amistad, la gente y el calor indefinible de tantos seres humanos imprescindibles, supieron despertar a aquel hombre…  

Y así, pues, a pesar de todo, aunque en su cabeza se debatía el irse o el quedarse y aunque sabía que su muerte, al lado de tantas muertes que se seguían constantemente, quedaría sellada en el olvido y en vano, el ser, que no era un soldado sino un ser humano, se encaminó hacia la colina, no sin continuar preguntándose, ahora con más esperanzas: ¿Hacia dónde vamos…? Y a lo lejos, sobre el fuego que robaba Prometeo a los dioses, se vio un hermoso búho sobrevolando el horizonte, como un Fénix que renace de las cenizas…