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La nostalgia por los totalitarismos

Posted in La nostalgia por los totalitarismos on marzo 13, 2008 by David Domínguez Michelangeli

  “Contra el enemigo, la reivindicación es eterna”.

     Ley de las XII tablas.       

David Domínguez M. 

daviddominguezm87@cantv.net

Una interpretación concreta de la historia de Venezuela, que contemple no sólo los cambios en función de una cronología historiográfica, sino el porqué de dichos cambios y el cómo se dieron, nos llevaría a admitir que éstos fueron hechos siempre desde el militarismo. A pesar de que el ejército, tal y como lo conocemos hoy en día, es obra de la dictadura gomecista, lo que se ha mantenido inmanente a los procesos históricos ha sido siempre la influencia de los caudillos y, lo que es aún más grave, la creencia ciega en ellos. La tradición, pues, se ha hecho en una concatenación (hasta ahora irreversible) de golpes de estado, revoluciones, reyertas armadas y vanguardias que, pactando siempre con los militares, han atinado a la conquista del poder para cambiar (desde arriba) las dinámicas imperantes.

 CRÓNICAS DEL CAUDILLISMO CRIOLLO 

Tenemos como ejemplos ilustrativos: La cantidad de revoluciones que se dieron durante y después de la guerra federal; Posteriormente, durante la dictadura gomecista, las montoneras y las fracasadas reyertas cívico-militares  en contra de la dictadura; El golpe de estado (también de naturaleza cívico-militar) en contra de Medina Angarita; el golpe contra Gallegos y el ascenso de los militares al poder que, luego del asesinato de Chalbaud, aupó a Pérez Jiménez; Después de ocho años de tortura y desaparecidos, cuando ya el estado estaba quebrado económicamente y no había dinero para mantener felices a la burguesía y a los militares, estos segundos, con el apoyo de la sociedad civil, expulsan al dictador del poder el 23 de enero del 58, para dar paso al puntofijismo; De aquí se sigue una constante represión por parte del estado, además del fortalecimiento del ejército venezolano, a las vanguardias organizadas por partidos de izquierda que, en general, no eran más que la expresión misma de nuestro caudillismo local. Lo que llevó a un estado de tensión constante, durante más o menos década y media, entre la pseudo democracia y los grupos armados que buscaban (como siempre) la conquista del poder para liberar al pueblo y llevarlo a la soñada tierra prometida. Luego de las masacres de Cantaura y Yumare, en el año 89 ocurre una insurgencia civil, durante el período de Carlos Andrés Pérez, que termina por el asesinato de miles de personas y la violación de los derechos humanos, mejor conocida como “El caracazo”.

  Empieza a darse, luego de todo esto, como si la gente hubiera abierto los ojos, un período de descentralización, así como la conformación de un movimiento social expresado en grupos de derechos humanos, anti militaristas, etc. No obstante, en el año 92 ocurre, nuevamente, un intento de golpe estado. A tal acción le sigue inmediatamente el fracaso. Tal vez porque los estratos más altos del ejército, que son quienes deciden el destino del país, no dieron su voto a favor de los cuatro gatos uniformados. Pero, lo cierto es que los ojos de Venezuela empiezan a ponerse sobre los actores de dicha intentona. Varios grupos políticos, donde se encontraban “El Nacional” y Los Cisneros y personajes como Miquilena y J. V. Rangel, dan apoyo al líder de dicho grupo golpista con la intención de formar una nueva estructura de poder que termine de una vez con el ya casi extinto puntofijismo. Luego de que el líder es puesto en libertad por Caldera, la gente vuelve a caer en el error de fiarse en redentores y Mesías, teniendo esto como tropiezo más notable la perdida de la autonomía de muchos de los grupos que se venían formando, adhiriéndose a las filas de hombres y mujeres que darían apoyo a la construcción de un “nuevo régimen”. De modo, pues, que casi toda la sociedad civil deposita en el milico de la “tercera vía” la esperanza y la fe en la construcción de una nueva sociedad lejos de los errores de la IV República… Pero, ¿Qué tan lejos? 

El carácter personalista, la imagen del héroe de la Orchila, las ínfulas de redentor y de constructor de una nueva era, la jerga bélica e intolerante contra sus adversarios, la intolerancia hacia la crítica y la disidencia interna y externa, la invención de conspiraciones internacionales llevadas a cabo por el imperialismo (de la cual hablaremos más adelante), el llamado a los “cerros” a estar alerta y la inserción de elementos y reformas a la constitución que permiten al ejecutivo nacional un control más personal de varios ámbitos de la vida política, evidencian notablemente las características típicas del autoritario caudillo venezolano. De modo que, en todo caso, estamos en una fase más elevada del autoritarismo tradicional, más que en la superación de éste mismo.

 ¿EL MISMO VENENO ES LA CURA?  

Esta fatalidad, nos ha llevado siempre a creer que el remedio para nuestros males es un buen golpe de estado y un presidente con “mano dura”. Tal creencia supone nuestro continuo tropezar y nuestra incapacidad para superar las estructuras autoritarias que siempre nos han coaccionado. El problema no es, para ser más precisos, Chávez, sino la tradición que lo mantiene en el poder. De modo que la lucha en contra de nuestro caudillo debe tener como fundamento la lucha contra cualquier tipo de autoritarismo y, en especial, el que proviene directamente de las FAN.

No obstante, la oposición no parece comprender esta situación. Es común escuchar entre las opiniones antichavistas el clásico: “es necesario que suba al poder un hombre con mano dura –militar, por supuesto– que le devuelva el orden constitucional al país”. Aquí, entonces, se hace evidente que la lucha contra este régimen no es una que se da en virtud del porvenir, sino en función de un bloque partidista que quiere ascender al poder. Este bloque es también nuestro acérrimo enemigo.

Es contra la tradición militarista que debe enfocarse nuestra lucha. El orden no se logra por medio de la imposición y de la fuerza, como sigue creyendo la retrograda mentalidad venezolana, sino por medio de la inteligencia, la autodefinición, el debate y la conciencia social.

 EL MITO DE LA CONJURA INTERNACIONAL  

Lo que más caracteriza a los gobiernos autoritarios es la necesidad que tienen de crear un enemigo que, actuando desde afuera y desde adentro, busca la “desestabilización de la nación”, creando así una paranoia colectiva y justificando, en este mismo orden de ideas, la formación de una estructura más coercitiva a fin de defender a la nación del enemigo externo y –aquí es donde está el peligro- el interno. La Unión Soviética, Camboya, Cuba, la Alemania Nazi, la Italia Fascista, la España de Franco, los EEUU y ahora Venezuela, siempre usaron (o usan) el cuento del enemigo exterior que financia desde afuera a los “agentes del caos”. Unos dicen que son infiltrados del imperialismo yanqui y los otros aseguran que son células comunistas que quedaron de la Unión Soviética. Pero, en todo caso, el juego sucio se mantiene. Caso muy parecido a nuestro comandante es el señor Bush padre, quien, cuando llevaba a cabo la “Guerra del Golfo”, fue víctima de numerosas protestas estudiantiles. Cuando al ex presidente norteamericano le tocó declarar al respecto, terminó por decir que estos muchachos eran estudiantes manipulados por centrales comunistas que quedaban aún orbitando por esos lares y que sólo buscan la “desestabilización”. No habría que hacer énfasis alguno en el notable parecido entre el discurso de Chávez y el del individuo aludido.

La inteligencia, la organización, el debate y la razón jamás darían pie a la construcción de regímenes autoritarios. Es por eso que los grandes dictadores de la historia, a falta de argumentos, han apelado siempre al cuento del enemigo extranjero y del que recibe los cheques desde adentro. En todo caso, y es lo que resulta más risible, es que si en verdad existiera un plan del imperio para invadir Venezuela, la cosa sería poco menos que un tiro al suelo. El ejército venezolano es un conglomerado de payasos delincuentes que en nuestro pequeño gueto resultan peligrosos, sobretodo porque son la fuerza máxima que existe en nuestro país, pero para el mundo entero no son más que un chiste, de suerte le resistirían una invasión a Perú, pero jamás al imperio.  

 Y AQUÍ VIENE LA NOSTALGIA… 

Es evidente que en ambas parcialidades políticas, oficialismo y oposición, existen (y con bastante fuerza) la creencia de que es necesario que el estado sacrifique las libertades, tanto colectivas como individuales, para mantener o, en el caso de los segundos, establecer un “verdadero orden”. Esta terrible nostalgia por los totalitarismos, que de un lado y del otro se mantiene como una firme convicción, nos obliga a mantenernos estancados en las aguas del pasado y, naturalmente, sabemos que el agua estancada siempre se pudre. Somos víctimas de un subir y bajar de personajes ridículamente heroicos que ascienden según los designios de los altos cargos militares.

Hemos tratado de dar cuenta de un problema que, en toda su complejidad, no se reduce únicamente a lo expuesto. Sin embargo, lo que nos resulta obvio es que, al menos en estas tierras, el amor por el hombre del fusil, del heroico soldado de la libertad, supone la mayor carencia de nuestro espíritu, no tanto por la ceguera que nos produce el brillo falaz de su presencia, sino por la incapacidad de sabernos a nosotros mismos potenciales motores del cambio. Habría que esperar a ver hasta dónde es capaz de llegar esta ciega idolatría por los uniformados y en qué punto nos daremos una palmada en la frente, como quien dice: “Por aquí no era la cosa”