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La Infinitud como fundamento del deseo en Baruch Spinoza

Posted in La infinitud como fundamento on marzo 13, 2008 by David Domínguez Michelangeli

David Domínguez Michelangeli

daviddominguezm87@cantv.net

El concepto de Infinitud, en concomitancia con la eternidad, representa una base fundamental para la comprensión de la potencia, tanto en Dios como en los individuos. Semejante concepto no sólo entraña la necesidad de la unicidad de la substancia, sino también del deseo en los seres humanos. Pues, como mostraremos más adelante, tanto la eternidad como el infinito constituyen la causa sui .Toda esta problemática sugiere una interesante disertación sobre el concepto de libertad y sobre el modo en el que ésta es comúnmente definida y concebida por las personas. De modo, pues, que se nos ha hecho menester indagar sobre la forma en la que nuestra alma obra y padece, y dónde se halla el fundamento (o los fundamentos) de tal cosa.

Pretender realizar una interpretación de la teoría spinozista, supone comprender que el entendimiento de un determinado fenómeno estriba en el conocimiento de su causa; en el orden concatenado de causas y efectos que determina la Naturaleza. El autor lo ha establecido reiteradamente en varias de sus obras, pero en la que se hace más patente es en el Tratado de la reforma del entendimiento[1], donde Spinoza identifica a esta forma de percepción como la última y menos usada entre los cuatro modos que él mismo especifica:

  

Sólo, pues, el cuarto modo de percepción comprende la esencia adecuada de la cosa y sin peligro alguno de error, por lo que es también el que más debe ser empleado.[2] 

En este sentido, es menester explicar de qué modo se da la infinitud en la Naturaleza y qué principios subyacen su necesidad como elemento constitutivo de la causa sui y, posteriormente, la forma en la que la infinitud se muestra como algo necesario en el alma y de qué modo determina su potencia de obrar.

    SUBSTANCIA, ATRIBUTO Y MODO  

En lo que corresponde a las ocho primeras definiciones de la Parte I de la Ética, Spinoza establece que existe necesariamente una substancia, que es causa de sí misma, que consta de infinitos atributos, de cuya esencia se sigue la existencia y que se llama libre, por ser determinada por sí misma, y eterna por ser la necesidad misma, es decir, la totalidad de la existencia. El atributo es lo que determina la esencia de la substancia. Cada atributo expresa una esencia eterna e infinita[3]. Dios (la substancia), es absolutamente infinito porque contiene la afirmación de cada uno de sus atributos. El modo es aquello que es en otra cosa, que necesita de ésta para ser concebido y que es finito y compelido. El modo tiene realidad, es finito, representa las cosas particulares y es inmanente a la substancia. No obstante, el modo expresa una realidad parcial del atributo.

La Naturaleza, considerada como la totalidad de las cosas, es la unidad concreta de una infinidad de elementos que de manera adecuada y racional, en virtud del encadenamiento de causas y efectos, se concatenan en el seno de un mismo Ser. Esta visión panteísta del universo permite que la relación dialéctica de las ideas verdaderas (y de las cosas en sí mismas), que se hacen en Dios,  rompa con el dualismo cartesiano. Dios no es un Ser ajeno al mundo y el mundo no es una construcción abstracta del Demiurgo, ni la sombra de entes verdaderos que contienen la realidad.

La potencia de Dios da cuenta de su absoluta perfección. Entender la substancia como Naturaleza naturante, es decir, causa de todas las cosas, supone que ésta no se hace hacia el infinito sino que lo contiene, pues, como se dijo antes, la substancia consta de infinitos atributos. En este sentido, es necesario comprender que no debemos concebir la relación Substancia-Atributo-Modo como una derivación platónica, sino que los modos y atributos son espejos de la substancia, pues los atributos y los modos, al  ser inmanentes a la substancia y expresar una parte de su Ser, no pueden ser concebidos como objetos extraños o ajenos a ésta, sino como el reflejo mismo de su potencia. De modo, pues, que estos no se siguen en una suerte de jerarquía o desmembramiento de la substancia, sino que son el reflejo mismo de ésta. De aquí se sigue que, al ser todas las cosas inmanentes a la substancia, ésta constituye el todo.

 INFINITUD Y ETERNIDAD: CONSTITUTIVOS DE LA CAUSA SUI 

Ahora, la infinitud expresa la libertad de la autodeterminación, porque al no existir otros elementos que determinen a la substancia, ésta no puede ser sino causa de sí y, por lo tanto, libre de cualquier limitación. La eternidad entraña la necesidad de la existencia, de modo que si algo es infinito debe darse en la eternidad, porque de lo contrario la substancia se vería limitada, pues pensar un Ser infinito que se vea determinado por una existencia delimitada resulta incongruente. Éste se realiza a sí mismo en el absoluto concreto del tiempo y del espacio, de la eternidad y de la infinitud. Y de este modo, al tener infinitos atributos, la substancia debe existir necesariamente, pues el concepto de causa sui arropa la existencia[4]. La infinitud (la libertad) y la eternidad (la necesidad) son correlativos y conforman la causa sui.

La infinitud aparece aquí, en correlación a la eternidad, como el principio subyacente a la substancia. Estas propiedades (infinitud y eternidad) de la causa sui, se explican en virtud de la unicidad de la substancia, pues si existieran dos o más deberían distinguirse por sus atributos o por sus afecciones. En el primer caso, ambas substancias no podrían compartir un mismo atributo, pues si una contiene un atributo que no forma parte de la otra, el principio de infinitud quedaría negado y se daría una contradicción. En el segundo caso, dado que la substancia es anterior a sus afecciones y se concibe por sí misma, sería absurdo pretender distinguirla de este modo[5]. La unicidad de la substancia implica, por consiguiente, a la existencia y de aquí se sigue la necesidad de la infinitud.

     OBRAR Y PADECER  

El hombre es una constitución real y en acto del atributo pensamiento y el atributo extensión. Superando el dualismo cartesiano, Spinoza plantea que todo cuanto acaece en el cuerpo (el objeto de la idea del alma humana) es percibido inmediatamente por el alma[6]. De aquí se sigue que existe una determinación, por parte de cuerpos externos, que afectan al alma y que, además, aumentan o disminuyen su potencia. El ser humano obra cuando es causa adecuada de los efectos que de él se siguen y padece cuando  es causa parcial de lo que acaece en su ser. Las afecciones  determinan al alma, sea para aumentar su potencia de obrar, sea para disminuirla. De aquí se sigue que el obrar constituye lo que llamamos acción y, por el contrario, el padecimiento es aquello que llamamos pasión.

Las ideas adecuadas, es decir, aquellas que se entienden en virtud de las causas de las cosas, permiten que el alma ordene racionalmente los afectos que provienen, tanto del exterior como del interior, de manera que en su pensamiento se establece un orden de conexión de las ideas similar al que se da en la Naturaleza. Al suceder esto, el entendimiento de la realidad, al ser necesariamente adecuado, permite que la acción del ser humano se corresponda con ese mismo orden, de modo que su acción, al ser comprendida por él mismo, se seguirá adecuadamente de su ser, es decir, él será causa adecuada de dicha acción.

Por el contrario, cuando en virtud de la imaginación el pensamiento ordena inadecuadamente las ideas que se dan en la realidad, constituyendo en su mente un orden ficticio y distinto del verdadero, el alma no puede sino padecer los afectos que se dan fuera y dentro de su cuerpo. Porque al darle causas distintas de las que las preceden, el alma no comprende adecuadamente lo que sucede en sí misma y queda sumida bajo el yugo de las pasiones, pues estas ideas confusas y mutiladas le llevan a actuar lejos de la correspondencia con el orden real.

   EL DESEO: ESENCIA DEL SER HUMANO  

El obrar y el padecer constituyen dos elementos que se siguen de la necesidad de movimiento de los seres humanos, es decir, el deseo. Los hombres identifican en su potencia, ya sea consciente o inconscientemente, la necesidad de preservar su existencia, en oposición a todas aquellas cosas que buscan destruirlo. Este deseo, que es la conciencia de los apetitos, es lo que Spinoza llama el “derecho natural”, la potencia de existir y de obrar y el deseo mismo, no son distintos de esa lucha del ser humano por preservar su existencia, de aquí que el derecho es un elemento inherente al hombre o, para decir más, su esencia[7].  Este derecho no es un elemento abstracto que se le adhiere al ser humano, sino la necesidad misma de la expansión de la potencia, un elemento inalienable que se da en el ser humano por naturaleza.

El deseo no puede interpretarse como voluntad, pues el alma no es causa inicial de su acción. El deseo es aquello que, precedido de una infinidad de determinaciones, empuja al ser humano hacia las cosas que éste desea. Pero tales deseos, a pesar de que por naturaleza buscan lo infinito –como más adelante demostraremos- , no siempre tienen como objeto material a aquello que le retribuirá el infinito. Spinoza es muy tajante en ese sentido, el hombre, por lo general, no busca las cosas porque las considere buenas, las considera buenas porque su espíritu las desea.

Las pasiones se generan de los afectos y se constituyen a través del deseo. Estas, a pesar de que puedan llevar al hombre a su auto destrucción, son movidas por el instinto de preservación. Nada hay en un mismo ser que lo niegue, mas las pasiones, por ser ordenes inadecuados del pensamiento, pueden llevar al ser humano a atentar contra su propio cuerpo como sucede, por ejemplo, con los vicios. No obstante, siendo el deseo la esencia del ser humano, la razón debe ordenar de tal modo las ideas provenientes de los afectos que permita que el objeto de su espíritu sea verdadero e infinito (Nota del T.R.E), porque dicha infinitud logra la ascensión del espíritu en virtud de la correspondencia de la naturaleza misma del deseo. A continuación veremos los fundamentos de esto.

 LA INFINITUD: SUJETO Y OBJETO DEL DESEO Y DEL ALMA 

La naturaleza del deseo se hace hacia el infinito, por lo cual es indefinido. A pesar de que el cuerpo perece y que puede ser destruido por otros cuerpos, en el alma la necesidad de la preservación tiene una duración indefinida, aunque limitada[8]. Resulta sencillo entender este fundamento; si el deseo de preservación no entrañara el infinito, sería absurdo que el alma se opusiera a que otros cuerpos la destruyeran, es más, su deseo no tuviera como objeto mismo al infinito. De aquí se sigue que, evidentemente, en el alma hay una clara fijación por el infinito, y esta fijación, siendo un elemento heredado de la substancia, no sólo corresponde al sujeto, sino que además constituye su ser. Aunque el sujeto, como se podría objetar, participa del atributo extensión y del atributo pensamiento y, por lo tanto, es finito, lo que impulsa su movimiento y lo que constituye su esencia de una manera clara es el deseo por aprehender un determinado objeto que le impida saciarse, es decir, algo que le permita alimentar una necesidad eterna e ilimitada. 

 A pesar de que el deseo es la conciencia de los apetitos, en la mayoría de los casos resulta ciego. Cuando el alma ansía un determinado objeto y éste es perecedero, al momento de aprehenderlo logra saciarse fácilmente. Acto seguido, cuando el alma ya se ha saciado, pasa a repudiarlo[9].  De manera que el verdadero objeto del alma debe ser un bien que resulte infinito, del cual se nutra sin poder saciarse. Pero, yendo más allá, lo que verdaderamente nos permite determinar el objeto del alma es la idea de que las cosas son en Dios. Al afirmar esto, se admite que, siendo en Él, el mayor objeto al que pueda aspirar el alma es Dios y el conocimiento de éste, al cual llamamos Saber, entraña un Bien que, además de verdadero, es infinito.

El problema está en que el deseo por sí solo no puede determinar qué objetos se corresponden con esta necesidad y cuáles no. De modo que el ser humano debe empuñar sus fuerzas en virtud de un Bien que se corresponda con la naturaleza de su espíritu; un objeto que, de poseerlo, facilite y garantice, de la manera más perfecta posible, el entendimiento de todas las cosas.

Aquí podemos vislumbrar dos clases de objetos. El primero, es la posesión de un entendimiento adecuado de la idea verdadera. Mas esta idea no es el fin en sí, sino más bien es el método que permitirá que el ser humano se acerque a las cosas sin peligro de error, comprendiendo adecuadamente la naturaleza de las cosas. El segundo, es el objeto final del espíritu que es el Saber. Semejante concepto implica la síntesis de los conocimientos, lo cual nos lleva a Dios. Pero Spinoza nos dice que el conocimiento simultáneo del todo resulta superior al entendimiento humano, por lo cual nos podremos aprehenderlo nunca.

Sin embargo, aunque el objeto segundo pareciera ser inútil y estéril- pues es imposible su posesión- su existencia para el espíritu resulta de suma importancia, o mejor dicho, la conciencia que tenga el espíritu de semejante objeto para él resulta imprescindible y necesario. Digamos que un arquero quiere dar con un determinado objeto que se encuentra a una gran distancia de donde él se halla. Resultaría ingenuo pensar que disparar la flecha en dirección recta le llevaría a dar con dicho objeto. De modo, pues, que un arquero experimentado, y que además conoce el mejor método para tal empresa, apuntará su flecha hacia el sol. Consciente de que no dará jamás con el astro, el arquero sabe muy bien que, con un buen conocimiento de las leyes físicas y naturales que determinan la fuerza, dirección y caída de la flecha, su industria no quedará perdida en ninguna acción vana, pues dará de manera correcta con el objeto que se propuso, pues habiendo disparado la flecha hacia arriba la distancia que logrará será mayor y el método, por tanto, estribaría en el conocimiento adecuado de las leyes que, como dijimos, determinan dicha acción. 

Lo mismo sucede cuando concebimos a Dios como objeto de nuestro espíritu; sabemos, como ya hemos dicho, que nuestros conocimientos no nos llevarán a la síntesis absoluta de todas las cosas. Pero no debemos dejar de lado la importancia que tiene el empeño por llegar, en la mejor medida que se pueda, a un saber. Cualquiera podría preguntarse cuál es el fin de toda esta lucha por el saber y qué valor tiene para nuestra vida cotidiana, ahora trataremos cómo este fin tiene gran importancia para nosotros.

 RAZÓN, POLÍTICA Y LIBERTAD[10] 

La razón, como hemos colegido en las partes anteriores, es el ordenamiento adecuado de las ideas que se siguen de la Naturaleza; es la armonía que se establece entre la realidad y el pensamiento. Cuando la razón es la norma del entendimiento de las cosas, el quehacer humano, en la medida que participa de esta correspondencia, se expresa en el obrar, es decir, en la conciencia de aquello que se hace. De manera que, alejándose del yugo de las pasiones, el hombre determina su propio camino, pues es consciente de las razones que lo determinan a obrar y de las consecuencias que se siguen de su acción. En este sentido, la felicidad del individuo se extiende, tanto por el conocimiento de sí y de su obra, como del entendimiento de las cosas que lo rodean. No obstante, tal como afirma Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento, el conocimiento (y la forma adecuada para llegar a él) debe ser divulgado para que todos puedan comprenderlo[11]. La importancia de esto resulta simple para cualquiera: En la medida en que más personas llegan a la excelencia, la colectividad disfruta de una potencia mayor.

Esto nos lleva a lo que es la política. Si entendemos este concepto como la manifestación real de la razón en función de lo que es de todos, hemos de colegir que una verdadera política no se dará en las alturas de una palestra pública que corresponde a la acción de unos cuantos elegidos. Sino más bien se expresará en el hacimiento cotidiano de cada uno de los individuos que cohabitan en un mismo colectivo. De aquí se sigue que la tradicional división entre Sociedad Política y Sociedad Civil, debe ser superada para que cada individuo sea un sujeto político activo. Como es común en toda sociedad, y Spinoza es consciente de ello, los individuos dan su potencia al estado y éste le retribuye la diversidad de las potencias de cada uno de los individuos de su colectividad. Pero si resulta para nosotros menester la superación de la línea divisoria antes descrita, debemos comprender que la administración de la totalidad de las potencias no debe caer en manos de una institución central, como en efecto es el estado. De modo, pues, que  las potencias deben ser administradas por federaciones que las agrupen según su naturaleza. Por ejemplo: una federación médica, una federación para docentes, etc. Y para garantizar que cada individuo o grupo sea un sujeto político y no se genere de aquí una burocracia, la participación de cada uno, según su labor y a la federación a la que pertenece, deberá ser igualitaria. En relación a las normas, leyes o fundamentos, en virtud de los cuales se seguirán las decisiones tomadas por tales federaciones, corresponderá a la discusión y a la autonomía de cada una de éstas.

En este sentido, habiéndose logrado que la mayor parte de los individuos, si no todos, sea partícipe, no sólo de las formas adecuadas de llegar al conocimiento, sino también de los instrumentos que le permitan hacer política, se podrá vislumbrar el principio de una sociedad libre. Pues la libertad no es apenas la capacidad limitada de elegir entre dos caminos- como es comúnmente entendida-, sino, más bien, la forma en la que el conocimiento racional de las cosas converge, gracias a la política, en el hacer de un individuo y en la transformación de alternativas nuevas. Y este hacimiento, por seguirse del conocimiento adecuado de la naturaleza, no puede sino extender la libertad de los demás individuos que cohabitan con él. Y, de este modo, el objeto infinito que es Dios, Naturaleza, Realidad y Libertad, en virtud de la diversidad de potencias e interpretaciones que se siguen de una sociedad libre, será en buena medida alcanzado y gozado por mucha gente.

  


[1] Tratado de la reforma del entendimiento, Baruch Spinoza, Alianza Editorial, 2006.
[2] Ob.cit. [13] Párrafo [27], Pág. 88

[3] Ética, Parte I, Porp. XI. (Ética, Baruch Spinoza, Alianza Editorial, 2004).

[4]Ética, Parte I, Def. I. (Ob. Cit).
[5] Ética, Parte I, Demostración de la Prop. V (Ob. Cit.).
[6]  Ética, Parte I, Prop. XII (Ob. Cit.).
[7] Omar Astorga, en su ensayo “El concepto de potencia como clave hermenéutica para leer a Spinoza  Señala que: “Más aún, se puede decir que el esfuerzo es lo que explica la naturaleza dinámica y constitutiva del hombre- a condición de que se entienda que el esfuerzo por existir no es distinto del esfuerzo de obrar y producir efectos. Nuestro filósofo llama a este esfuerzo <<deseo>> y esto es lo que le lleva a afirmar que el deseo es la esencia o potencia misma del hombre.” (Ensayos para una historia de la Filosofía, Fondo editorial de humanidades, UCV,  1998)
[8]  Ética, Parte III, Prop. XII (Ob. Cit.).
[9] Ética, Parte, Prop. LIX, Escolio (Ob. Cit.).
[10]  Esta última parte de nuestro trabajo no corresponde a las ideas políticas de Spinoza, sino más bien a una conclusión que hemos elaborado a partir de los fundamentos aquí discutidos.  De modo, pues, que las disertaciones políticas, si bien provienen de una exposición de la teoría spinozista,  no deben ser atribuidas al autor estudiado.
[11] Tratado de la reforma del entendimiento,  [c), Prrf. [14], 30, Pág. 82 (Ob. Cit.)