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Relación sujeto-objeto y sus determinaciones históricas en Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y Giordano Bruno

Posted in Relación sujeto-objeto y sus determinaciones históric on marzo 13, 2008 by David Domínguez Michelangeli

 David Domínguez Michelangeli

davidominguezm87@cantv.net

Marsilio Ficino: El amor como correlato

En el Mito de la Caverna, Platón presenta un evento esencial para el entendimiento de lo que significa la reflexión: “Girar la vista”. La acción se da en el momento en el que el prisionero de la caverna mira hacia el fuego que se halla tras de sí, cual si un impulso le llevara a preguntarse si aquellas sombras de las cosas que transitan en la pared y aquellos ecos que orbitan por todo el espacio circundante reflejan el verdadero ser de las cosas. En ese momento, el prisionero ve el fuego, el principio heracliteano del movimiento, la alegoría del sol; ese astro que permite no sólo la capacidad de vislumbrar el mundo, sino además la generación y el desarrollo de las cosas. Luego, el prisionero emprende la dura tarea de ascender a la Realidad, aquel sitio que se halla fuera de la caverna, donde se hallan las verdaderas formas de las cosas. A pesar de que Marsilio Ficino, en su obra “Comentario al Symposio o Banquete de Platón” no se refiere directamente al Mito de la Caverna -pues este pertenece a la República- el momento en el que la mente se vuelve hacia Dios como con cierto impulso congénito, nos sugiere, indudablemente, la misma imagen. El Caos era un mundo informe, oscuro y carente de belleza, de modo, pues, que, al igual que el prisionero de la caverna, no había vislumbrado las ideas aún. Dios crea la substancia o esencia de la mente que, como caos, yace oscura e informe. Pero aquella esencia no puede sino, en virtud del amor que la impulsa, volver su vista hacia su creador, y en ese momento el caos se hace Mundo, en tanto que el rayo de luz de la divinidad imprime en su alma, no sólo la belleza de su Ser, sino además la ideas, es decir, el ornato de las formas. De modo que la luz de Dios no engendra un objeto extraño a sí, sino su espejo, el reflejo de sí mismo. En este sentido, de la idea del amor de nuestro filósofo se puede vislumbrar claramente principios fundamentales de lo que es la filosofía de la praxis. En primer lugar, el amor es la correlación existente entre el mundo y Dios, en tanto que resulta ser la necesidad que impulsa a la mente a girar la vista, a volverse hacia la luz, y porque en virtud de esto el mundo halla su forma y Dios su espejo. De modo, pues, que el amor constituye la necesidad y la virtud, principios que subyacen el correlato entre la divinidad y la mente, es decir, el amor es la condición que antecede a la inescindible unión entre ambos y la actividad reflexiva de estos. La palabra mundo, que viene a ser según Ficino el Caos ya formado, es la unidad cósmica de las ideas que han sido impresas por Dios. Aquí, evidentemente, vemos la idea de lo concreto, en tanto que los elementos que constituyen la cualidad formada del mundo se hallan, pues, regidas por la necesidad de reflejarse en las otras para verse a sí mismas, pues esto es el principio de la unidad: La autoconciencia como resultado del entendimiento del uno en la diversidad y de la diversidad en el uno. Ese adentrarse en Dios, que Ficino postula como condición formativa del Ser, permite la adquisición de la Inteligencia, que es el orden adecuado de las esencias que surgen de la impresión que deja Dios en el mundo, lo cual es condición del entendimiento y de la conciencia de la unidad como formación concreta del todo. De aquí que el mundo es la unidad de las formas y la inteligencia es el orden inmanente que nace de dicha unidad. El reconocimiento recíproco que se sigue del amor mutuo evidencia la cualidad de correlato que constituye la idea del amor. Al grabar el amante en su alma la imagen del objeto de su devoción, no hace sino convertirse en el espejo del amado, lo mismo que hace éste con él. De modo, pues, que el amor ilumina la potencia unificadora de dos que hallan su esencia el uno en el otro.             

El objeto del amante viene a ser la belleza en sí misma reflejada en aquella cosa, la armonía del ethos, es decir, de la costumbre y de la ética que, como dice el mismo Ficino, es el esplendor de la armonía naciente. En este sentido, el amante ve en el objeto amado una expresión particular de las formas universales, o sea, ve a Dios y la armonía cósmica en la esencia del alma del amado. Por eso no puede sino aprehender aquella esencia e imprimirla en sí, al tiempo que su esencia es impresa y aprehendida por el otro, lo cual expresa, sin ninguna duda, la idea del amor- reiteramos- como condición correlativa de las cosas.

Pico della Mirandola: Serafines, Tronos y Querubines como fundamentos de la virtud del hombre           

Hablar del Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirandola, es adentrarnos en una de las visiones tal vez más optimistas del renacimiento italiano. La obra gira en torno a la postulación del alma humana como la creación más grande e importante de la divinidad. Lo curioso o interesante es aquello que hace que el hombre sea la criatura más maravillosa del universo; esto es la potencia que ha de permitir la anagogía de su espíritu.            

Para ilustrar adecuadamente la potencialidad del hombre y su actividad infinita, Pico recurre a tres formas que constituyen la divinidad y en virtud de las cuales, con un cultivo y desarrollo constante por parte del espíritu, los hombres pueden llegar incluso a superar los entes celestiales. En primer lugar tenemos al Serafín, aquella esencia que implica el fuego encendido del amor. En Dios es la cualidad que le permite adentrarse en sí mismo y dar vida, en virtud de su infinito hacimiento, al goce eterno de todo aquello que lo constituye. El Querubín es la sabiduría infinita, la cual se expresa en el orden cósmico de la Naturaleza, y que se hace en el entrelazamiento dialéctico de las ideas que habitan en sí. El Trono no es más que la firmeza incorruptible de su Ser, aquella condición que, como faz del Universo, hace que la trascendencia no se pierda en los abismos de la relatividad, sino que, más bien, dé sustento al movimiento infinito que entraña la Naturaleza. De modo que entrelaza la trascendencia del Ser con su condición inmanente. La unidad de estos tres elementos hace a Dios. Ahora ¿de qué modo estos constitutivos de la Divinidad se corresponden con la naturaleza humana?            

Para comprender esto resulta menester el entendimiento de la Naturaleza como una, idéntica y universal, de modo que, lejos de ser Dios un ente ajeno al mundo, es, como colegimos anteriormente en relación a la idea del amor en Ficino, su espejo. En este sentido,  la idea del Serafín, el Trono y el Querubín están contenidos, de manera incoada, en la naturaleza del hombre. De donde resulta que estos elementos son inherentes al alma humana y el desarrollo de dichas formas induce el ascenso del hombre al entendimiento de la Realidad.            

 El Serafín nos sugiere el amor a la Naturaleza y en la medida en que el alma se adentra más en ella logra verse a sí misma en Dios al tiempo que lo ve a Él en sí, lo que le convierte en el espejo de la suma divinidad y en el reflejo de  ella. Lo que nos lleva al Querubín, esto es, lo que Pico llama el ocio de la contemplación, la entrega del alma a la filosofía natural y al conocimiento adecuado del orden cósmico. Condición que determina la ascensión del alma a la sabiduría, entendida ésta como la síntesis del conocimiento que concrece. Todo esto sería imposible, por supuesto, sin la firmeza del Trono, que es, pues, lo que subyace, como hemos dicho, la incorruptibilidad del espíritu y que hace de la ascensión un proceso libre de vacilaciones.            

Pico exhorta a imitar la vida del Serafín, del Querubín y el Trono para que de este modo podamos ascender, peldaño por peldaño, la escala que nos llevará a la altura, no de los ángeles, sino del mismo Dios. Esto nos lleva al concepto, desarrollado de manera más concreta por Maquiavelo en El Príncipe, de virtud. Ese adentrarnos en la Naturaleza, que aparece ante nosotros como la necesidad, impulsa la potencia de nuestro Ser, es decir; la virtud, que no es más que el hacimiento del alma en correlación con el universo. De aquí que no se habla de una mera práctica cotidiana sino de una praxis que es, como hemos dicho, la concomitancia entre la necesidad y la virtud.            

Para esto es necesario el enajenamiento, pero no uno que nos aleja del mundo en función de una abstracción de la vida, sino uno que trasciende los límites de lo empírico, del yugo de lo meramente carnal, para así elevar nuestro espíritu al saber, es decir, al encuentro del Espíritu individual con el Espíritu colectivo.

Giordano Bruno: La Historia, el sistema…

El período sintetizador de las ideas filosóficas del renacimiento encarna en un pensador: Giordano Bruno. En la obra de Bruno lo que es más resaltante es ese panteísmo moderno que, cual ave fénix, se encendería en la hoguera que consumiría la carne de Bruno en la Piazza di Campo dei Fiori a principios del Siglo XVII. Combatió fervientemente el aristotelismo decadente de la época, así como defendió la libertad filosófica y la idea de un universo sin jerarquías. Fue amante de la magia- pues creía que ésta implicaba el adentrarnos en la naturaleza-, practicó la mnemotecnia así como su enseñanza, la cual le llevaría a la hoguera por la soberbia de uno de sus alumnos que no podía aprender. En total, la vida de Giordano Bruno nos muestra el ejemplo de vivir el pensamiento con cada hacer- lo que él mismo llamaría mentefactura- pues “hacimiento” y “pensamiento” no pueden pensarse la una sin la otra. En La cena de las cenizas, Giordano Bruno plantea un problema que para nuestro estudio resulta muy importante: la historia. Es comúnmente creído que la antigüedad y la sabiduría más concreta corresponden a aquellos que poblaron el mundo en siglos pasados, y cuantos más siglos estén alejados de nosotros, más antiguos serán. Giordano Bruno acaba, pues, con esta noción en virtud de lo que llamamos en filosofía de la praxis “concreción”. Es más antiguo aquél que, por medio de la historia, ha visto no sólo la vida de los que vivieron muchos siglos antes que él, sino además el desarrollo del pensamiento y de la ciencia, además de los conflictos históricos, etc. Esto es evidente por sí mismo; la historia va concreciendo, es decir, va entrelazando lo que emana de las épocas históricas cual si se tejiera un telar infinito donde cada vez hay más hilos por entrar. De modo que la historia va superando las épocas, pero ese superar implica la conservación de estos mismos, pues el suceso histórico es el impulsor de otro suceso, y así hasta el infinito. En este sentido es evidente que quienes vivieron muchos siglos antes que nosotros no saben más que lo que ocurrió siglos antes que ellos y durante su tiempo, pero, incluso, hasta nosotros tenemos una visión más directa de su época. Lo que significa que, al estar nosotros parados en este punto histórico, somos más sabios pues hay más sabiduría histórica por estudiar, lo que nos hace, pues, más antiguos. Lo que nos lleva a que la historia es el gran objeto del hacer humano. Con la virtud vamos embistiendo todo aquello que es resultado del embestir de otros más antiguos que también enfrentaron la necesidad, y así va haciéndose la historia y se va encaminando ese infinito espiral de la vida, donde se van tejiendo los hechos que, como unidad, harán una síntesis que pronto no será más que un simple hecho que, con otros de su naturaleza, harán una síntesis más grande, y así infinitamente. Así como la historia va tejiendo síntesis, así mismo el pensamiento renacentista italiano desembocó en el sistema de Bruno. La cosmología de nuestro filósofo entraña la idea de un universo que, por ser infinito, carece de centro. Lo que nos lleva a la creencia de que en éste no puede existir una jerarquía de elementos, sino que más bien cada objeto del universo es un centro con respecto a sí mismo. De donde se sigue la idea de Dios como un todo, como el entrelazado en acto de todo aquello que orbita en un universo acéntrico.    

Filosofía de la praxis

Hemos visto, pues, como en el renacimiento empezó a germinar la idea de la filosofía de la praxis. Lo vimos en Marsilio Ficino como la correlación, que se hace en el amor, entre el mundo y Dios, vimos en Pico della Mirandola la idea de la virtud como constitutivo esencial del hombre para su ascensión espiritual como adentramiento en el Espíritu universal. Y, efectivamente, vimos en Bruno el desarrollo de la idea de concreción en concomitancia con los elementos que estudiamos antes por medio de Ficino y Pico, que converge en la idea de la historia como correlación entre la necesidad y la virtud y que nos lleva a la idea de un sistema donde los distintos elementos de una misma época hallan su síntesis en el mismo.

 

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