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Anarquismo y Filosofía de la praxis

Posted in Anarquismo y Filosofía de la praxis on marzo 13, 2008 by David Domínguez Michelangeli

Por lo demás, la praxis de la filosofía es, ella misma, teórica; es la crítica la que mide la existencia singular con la esencia; la realidad especial con la idea.

Marx.    

David Domínguez M.  

daviddomínguezm87@cantv.net

En las siguientes líneas se abrirá la discusión sobre un anarquismo que, en el caso de nuestro país, se encuentra aún en una etapa muy precoz. Por tanto, es menester comprender, al menos en este caso, que no se hablará de anarquismo como una doctrina sino como una filosofía.

En primer lugar, las doctrinas son moldes que, si bien nacen de una crisis o una necesidad, por naturaleza crean marcos teóricos e ideales según los cuales debe vivir la sociedad, de manera que se mantienen positivos (estáticos o inmóviles) en el devenir histórico. Impiden el desarrollo crítico del individuo, porque éste actúa y piensa siempre en función de dicho marco y sólo se mueve dentro de él, pues siente el dolor moral de traicionar las convicciones que la doctrina predica para solventar los problemas de la sociedad. La filosofía, por el contrario, se nutre de la diversidad y permite que el individuo, en relación con su época y sus costumbres, forje un criterio propio y desarrolle y crezca con la filosofía. La filosofía, cual espejo del mundo, a diferencia de la doctrina, no muestra las soluciones ideales para los problemas sino que problematiza para que los propios individuos sean la potencia emprendedora del cambio. De modo que siempre mantiene una concomitancia con la vida (más que con la realidad empírica) y se identifica en la medida en que los seres humanos se identifican con ella; una ínter-determinación necesaria entre el creador y su potencia. Las soluciones provenientes de la filosofía servirán para justificarse a sí misma en el mundo circundante, las soluciones para el mundo, es decir, para la crisis, vendrán precisamente de la historia, del ser humano y del mundo en correlato con la filosofía porque esta es, pues, la ciencia misma de la vida.

 Anarquismo 

El anarquismo en su raíz etimológica (an-arché) implica la negación del gobierno de un objeto (ente institucional o divino) sobre un sujeto (colectivo o individual). Esta negación sólo puede darse si el sujeto es capaz de entenderse a sí mismo como una potencia capaz de dirigir su propio destino, de forjar su propio criterio y verse, de modo auto-conciente, en el mundo en el que vive. De aquí que el ser humano, en la medida que se hace más inteligente, tiende a la desobediencia,  y en este sentido la inteligencia no sería aquella que caracteriza al ser humano contemporáneo, eso de ser más vivo y escurridizo que los demás para tomar ventaja de sus debilidades, sino como la del bien. Quienes actúan en ese primer sentido no pueden ser considerados desde una perspectiva de libre inteligencia (si se nos permite la introducción del término) porque actúan en función de los vicios (el poder, la codicia, la soberbia, etc.). Mientras que los segundos sí, porque, superando tales vicios, logran comprender sus necesidades y, como se ha insistido anteriormente, la de su realidad o la de su mundo. Hay una diferencia entre el ser conciente y el ser auto-conciente (y más aún del que entiende su lugar en el mundo); el primero ve un panorama del cual no necesariamente forma parte mientras que el segundo se ve a sí mismo a la vez que al panorama y logra su libertad entendiéndose dentro y parte de él.

El anarquismo no se encuentra, entonces, en la mente del anarquista únicamente sino en la potencialidad humana, en su necesidad intrínseca de ser libre y feliz. Así que podríamos entender a esta filosofía como una interpretación de las luchas tanto individuales como colectivas, desde las que se dan en el individuo, en su vida cotidiana, hasta aquellas que se dan para cambiar el mundo en virtud de la necesidad de alcanzar una mejor vida.

 Filosofía de la praxis 

La filosofía de la praxis es un movimiento mediante el cual el sujeto y el objeto logran identificarse. Esto es, como expone Giordano Bruno, una mentefactura donde la teoría y la praxis (sujeto – objeto) son correlativos, es decir, una misma cosa. Ambos, cual este y oeste o norte y sur, hallan su esencia en el otro, de no existir uno el otro carece de sentido. Por un lado, sería la teoría una abstracción de la realidad, un plano donde el progreso histórico y el desarrollo en concreto no tienen lugar. Por otro lado, la práctica sin la teoría es un impulso carente de todo sentido llevado por la inercia.

Sostiene la filosofía de la praxis que la verdad es aquello que se hace, sólo podemos conocer lo que coexiste con nosotros, lo que es parte de nosotros mismos, ya sea nuestra creación o el ambiente que nos rodea. De modo que la filosofía, según esta perspectiva, debe tener no sólo una visión teorética sino también una aplicación real, de manera que el ser humano en su cotidianidad, en su tiempo, sea un elemento importante dentro de la formación de un pensamiento filosófico.

El concepto de Praxis ya existía en Aristóteles, sin embargo lo entendemos por primera vez en Maquiavelo. “El príncipe”, una de sus obras más importantes y reconocidas, es una epístola a Lorenzo Di Medici, donde el autor se da a la tarea de explicar, mediante ejemplos históricos como el de Alejandro Magno, las distintas formas de llegar al poder y de mantenerlo, esto con la intención de lograr la unificación de aquella Italia fragmentada por las guerras. En efecto, surge el concepto de Fortuna y Virtud.

Para Maquiavelo la fortuna objetiva son aquellas circunstancias  por las cuales el sujeto, es decir, la virtud, debe accionarse. La fortuna hace que la virtud actúe encontrándose con ésta y se de a la tarea de esculpirla para que sobrevenga siempre la fortuna y de este modo, también, la virtud. La virtud es la potencia humana, la fortuna es la necesidad.

 Problema del Ser y del Deber Ser 

El problema que nace de la visión Maquiavélica es que es una filosofía basada en que las cosas son como son y sólo se debe actuar en función de ellas. El mismo autor sostiene que pensar en cómo deberían ser las cosas conlleva al hombre a su ruina. De aquí que la importancia de una fundamentación moral y ética para el futuro queda reducida a ser poco más que un sueño. Sin embargo, Ángel Cappelletti en su ensayo “Maquiavelo: política de la desesperanza” encuentra un detalle importante para la fundamentación del anarquismo y que más tarde será contrastada con la idea del deber ser en los socialistas utópicos:

 Si la política, arte de conquistar, conservar y acrecentar el poder, es por definición, lo contrario de la moral, podría inferirse que la moral, en el orden público, consiste en la oposición ejercida contra todo intento de conquistar, conservar y acrecentar el poder. La ética sería así la antipolítica así como la política la antiética. Un programa de moral colectiva implicaría esencialmente la lucha de un pueblo contra la forma de poder político. Maquiavelo parece vislumbrar esta consecuencia, que haría de él un pensador aún más libertario que el antimaquiavélico Etienne de La Boetie, pero en todo caso, no se detiene a examinarla ni muestra interés en desarrollarla como tesis y como programa.  

El problema que surge de los utópicos, los filósofos del deber ser, es que su filosofía presenta una idea del cómo deben funcionar las sociedades, pero de ninguna manera explican de qué modo llegar a ella. Son, estas teorías, construcciones ideales a priori que descartan inconscientemente la importancia de la historia, del devenir, de la realidad.  Vemos en Tomás Moro, verbigracia, la idea de la supresión del estado y de la propiedad privada, así como destrucción del militarismo, pero alejadas de la realidad y del tiempo. Lo mismo que Campanella en La ciudad del sol y Francis Bacon con la utopía científico-tecnológica de La nueva Atlántida. De los pocos socialistas utópicos que hablan de una práctica que nos lleve a la destrucción de la relación oprimidos – opresores es  Etienne de La Boetie quien de una forma muy simple propone, en vez de acudir a las armas, no obedecer al príncipe. De esta forma, se crearía, de manera espontánea, una fuerza autónoma que llevaría al poder a su auto destrucción. Así como David Hume, La Boetie logra entender que el poder se mantiene gracias a la cooperación y la sumisión de las mayorías, es decir, a la opinión, ya sea ésta conquistada por la fuerza o por la demagogia.

La visión del deber ser sólo sirve para alimentar el espíritu y la filosofía del Ser, es decir, del ahora, para el entendimiento o la acción inmediata.

El ser humano por naturaleza tiende tanto a las ideas como a los ideales. La idea es aquello que nace de la propia experiencia humana, del correlato existente del mismo con el mundo circundante. Los ideales son expresiones del sueño y la esperanza que no son inherentes necesariamente a las costumbres humanas. Sin embargo, forman parte de la vida de las personas porque todos vivimos constantemente pensando, incluso desde niños, qué seremos o cómo queremos que sean las cosas. Así que suprimir los ideales humanos es matar su imaginación, su alegría, sus preocupaciones.

No obstante, es importante entender que el planteamiento idealista de un esquema preconcebido para la instauración de un sistema en una sociedad determinada, termina por llevar a ésta a la opresión más terrible.

Así que no puede desecharse nunca ni las ideas ni los ideales, ni el ser ni el deber ser. No podemos de ningún modo olvidar las costumbres (el ethos), ni tampoco coaccionar nuestros deseos personales.

 El Anarquismo: Teoría y Praxis. 

En este sentido el Anarquismo ha procurado, de cierta forma, la fusión de ambas tendencias. Por un lado, la idea de una sociedad basada en principios éticos naturales como el respeto, la solidaridad, el apoyo mutuo, la libertad y la justicia. Que no es posible, de ninguna manera, sin el entendimiento del desarrollo histórico de las distintas sociedades, de la visión común generada por el tiempo en el que vivimos y las costumbres y tradiciones propias de cada comunidad. Esto implica, pues, la praxis. De esta forma no se crea un molde al cual la sociedad debe acostumbrarse sino que la sociedad elige de manera autónoma cómo ha de vivir, tomando en cuenta, por supuesto, los principios ya antes expuestos que son naturales y esenciales dentro de una sociedad libre.

A diferencia de otros pensamientos el anarquismo se ha hecho ver en distintos planos de la vida humana y de la sociedad, atendiendo a muchos problemas que en otros tiempos no se habían tomado en cuenta como el feminismo, la ecología, el antimilitarismo, etc. No se limitó únicamente al ámbito sindical, ni se dejo llevar por el juego de partidos que llamaba a la izquierda a unirse al club de chivos que se codeaban en el parlamento.

Sin embargo muchos grupos anarquistas, por influencia de otros grupos sub-culturales, por comodidad o por falta de autocrítica y debate constante de las ideas y de las formas de llevarlas a cabo, se quedaron (o se fueron quedando) con las viejas prácticas que en otros tiempos habían funcionado. La lógica de la historia trae consigo el cambio constante y quienes ponen las reglas del juego, de manera astuta, suelen arreglárselas para no quedarse atrás. Así que en el devenir de los tiempos ha habido una debilidad sumamente grande que ha colaborado, de manera inconciente, con las formas de poder ya existentes.

El sindicalismo como fuerza ha muerto así como, a excepción de Chile y Francia, las fuerzas estudiantiles. El video-foro, los conciertos y las ferias libertarias sólo sirven como punto de encuentro para los “compañeros”  y uno que otro que se interesa por cómo va la cosa. La sociedad se hunde cada vez más en el fango de consumismo y al anarquismo lo venden muy bien en las tiendas.

Otro de los problemas que nacen dentro del anarquismo es que los mismos anarquistas entienden su idea como un plan a futuro, una sociedad que algún día existirá aunque lamentablemente no tendremos la oportunidad de ver. El anarquismo no es un plan político para llevar a las elecciones, ni una forma de estado para imponer después de gestar un golpe de estado. Por el contrario, es una potencia. Conceptos como libertad no se conquistan, se hacen. De manera que el anarquismo debe empezar a hacerse no fuera sino dentro del estado. Abstraernos de los problemas sociales, como plantea la idea de las comunas aisladas, no logrará nunca la superación del estado. Esto no significa usar sus medios para lograr su propia abolición (ilusión ingenua de algunos marxistas y anarquistas) sino actuando libremente dentro de él construyendo así nuevas dinámicas alternativas.

Lo que podría significar el entierro del anarquismo no está muy lejos por tanto es menester comprender ciertas cosas que tienen que ver tanto con la fundamentación del anarquismo como con su práctica, así como la crítica a ciertos aspectos particulares que se expondrán posteriormente.

     Estructura del Estado: Sociedad Política-Sociedad Civil y Autogestión 

La fe ciega en  los símbolos y en los ídolos trae, no para bien, la pérdida, como diría Hegel, de la virtud pública. Esto es, por consiguiente, la pérdida de nosotros mismos. Ante la aparente ineficiencia de la “multitud” ésta se ve en la necesidad de creer en un ente, divino o institucional, superior a ella. Proyectando fuera de sí, fuera de su mundo, todo aquello que debe ser, el ser humano pierde la confianza en sí mismo y debe ceder parte de su libertad y su derechos a alguien o algo que se cree (o se le cree) superior.

Ya Maquiavelo había hablado de la separación Sociedad Política-Sociedad Civil y describía dos formas de Estado: República y Principado. No sin subrayar lo que de cada una declinaba. De la república se genera el gobierno de muchos (democracia) y el gobierno de pocos (la aristocracia). La primera degenera en demagogia y la segunda en oligarquía. Por el otro lado el principado (gobierno de uno) termina en ser autocracia. De modo que en ninguno de los dos casos existe una correlación entre el pueblo (sujeto) y el estado (objeto). Así que lo que acontece dentro del devenir social termina siendo extraño o ajeno a los individuos y estos terminan enajenados, o como diría Marx, alienados, porque su participación no pasa de ser la obediencia, en las dictaduras, y la elección, en la democracia representativa.

Ante esto el anarquismo propone la supresión de esa línea divisoria entre sociedad política y sociedad civil haciendo que los protagonistas de los cambios sociales sea el pueblo mismo sin la necesidad de medios (como el electoral) ajenos a ellos. Nos encontramos, entonces, ante el concepto de autogestión que no es más que la mentefactura.

La autogestión no significa únicamente la producción de materiales sin el subsidio del estado o de las empresas privadas, sino la práctica moral y ética de las sociedades autónomas. Partiendo de la idea del derecho natural, el libre contrato, la posesión y no la propiedad y el asamblearismo como forma de decisión, gestión y organización dentro de los distintos planos sociales, la sociedad logra ser una sola (política y civil) sin la necesidad de medios burocráticos ni legislaciones.

Sin embargo, es menester entender que no es posible una construcción teórica a priori de la sociedad anarquista porque eso significaría el fracaso, como sucedió con el socialismo real, del movimiento y de la idea. Dicha construcción, debe darse interpretando el devenir social e histórico e ir cambiando las dinámicas y formas de lucha para no ser asimilados, como ya lo fue el sindicalismo y otras fuerzas, por el monstruo al cual se combate. Así, de esta manera, se va construyendo una red indestructible o un enjambre de abejas, como lo entiende John Holloway, capaz de atacar al mismo monstruo y crear de este modo un panal entre todas y todos.

Actualmente no es difícil ver que el “Estado de la razón”, promovido es una estructura retrograda, desgastada y anacrónica. El estado es un bloque estático, una positividad, nace incluso con la idea de organizar y regir toda la confluencia social. El Estado, por naturaleza propia, busca coordinar las confluencias sociales para que no sobrevenga el caos. Pero, no el caos entendido como desorden y confusión, sino como el movimiento constante de partículas autónomas que, en virtud del movimiento libre de cada una, dirigen el curso del devenir.

Capitalismo: ¿Destrucción o superación?  

La idea de la destrucción del capitalismo ha estado siempre en el discurso de la izquierda a excepción, por supuesto, de la centro izquierda quienes plantean un capitalismo social, es decir, una versión reformada del asunto. En el caso de los primeros hablar de destrucción parece suponer una cierta apelación a la emoción, una dosis de adrenalina capaz de exaltar el ímpetu dormido del somnoliento vulgo que yace en los brazos de Morfeo. Sin embargo, destruir implica no sólo borrar de la faz de la tierra al susodicho monstruo sino, además, suprimirlo de la mente humana, de la historia y de la cotidianidad, cosa que, además de nefasta, resulta imposible. Por tanto, es preferible la vía de la superación. Esta no busca, como la centro izquierda, un capitalismo social. La superación es el entendimiento del fenómeno como creación misma del ser humano, como resultado de un duro desarrollo social e histórico, como parte esencial de las relaciones humanas en nuestro tiempo y como causa de problemas evidentes que ya parecen comunes en nuestra cotidianidad, tales como el hambre, la miseria, el crimen y hasta la guerra. Imaginar un mundo desde los ojos de un pensador de principios de Siglo XX, que no entendía ni remotamente en lo que se convertiría el capitalismo, es el asesinato del pensamiento de ese mismo hombre y la conformación de un pensamiento dogmático e inútil.

De modo que el capitalismo, al igual que cualquier fenómeno histórico, estará sujeto a la dura transvalorización del devenir y del desarrollo humano. Lo que quedaría cuestionarse es hacia dónde va dicho proceso; Un destino aún más triste (cual ricorso viqueano) [1] o al porvenir. La primera, que parece el rumbo más probable, vendría a ser el continuo desarrollo desmesurado del capitalismo. No es necesario ser vidente para darnos cuenta que uno de los grandes problemas de Latinoamérica es el consumismo. Ha llegado a tal grado el fenómeno que la mayoría de la gente, de todas las clases sociales, vive de él y para él, convirtiéndose entonces en el Dios de nuestra época.

Las grandes empresas del entretenimiento y la producción masiva construyen desde arriba los esquemas de vida que comprarán los de abajo. Vendiendo lo que es más sencillo de comprender, lo que no implica un esfuerzo mínimo de la mente dejándole el pensar, de manera dogmática, a quienes construyen los ídolos de nuestro tiempo. De aquí que el material que comúnmente consumimos carece de toda responsabilidad, negándonos a nosotros, como interpretes, la capacidad de entrar dentro de las obras de manera activa y ser críticos de tales productos. [2]

Esta generación, a la cual pertenezco, adora a figuras detestables que reflejan la decadencia progresiva de América Latina. El reggaeton y las telenovelas no son un mero entretenimiento sino el núcleo esencial alrededor del cual gira toda la población. No es necesario un análisis estadístico para darse cuenta de ello. Marcuse ya en la primera mitad del Siglo XX se había dado cuenta del destino del mundo advirtiendo que la humanidad terminaría por quedar encerrada en una unidimiensionalidad,  en la cual el ser humano sólo es capaz de pensar en la  producción y en el consumo convirtiéndose éste en un sujeto utilitario de su adorado Dios: El mercado.

El Estado: Problemática en torno al abolicionismo  

Cuando nos referimos al anarquismo, es común asociar el término, no con poca razón, con la abolición inmediata del estado. Este principio ha sido base no sólo del teorizar, sino también del accionar libertario. No obstante, la ardua lucha llevada a cabo desde el Siglo XIX por los anarquistas sólo ha logrado el fortalecimiento de dicha institución. Pues, las acciones eran rápidamente absorbidas y digeridas por el propio sistema.

La abolición del estado, dejando de lado por un momento lo que afirmábamos anteriormente,  trae en sí misma también otra clase de problemáticas que han sido dadas por sentado durante mucho tiempo. Si admitiésemos que la abolición del estado es posible nos quedaría preguntarnos: ¿La abolición inmediata del estado no entrañaría acaso un leve vestigio de autoritarismo? ¿Qué sucedería con aquellos que, viviendo en una determinada comunidad, prefieren el antiguo sistema? ¿Qué hay de aquellos que, más allá de su clase social y de sus ideas políticas, no admiten el anarquismo como un sistema apropiado? ¿Queda realmente descartada la posibilidad de que emerja una burocracia a raíz de la “revolución”? 

El problema real surge cuando un movimiento político-social-filosófico pretende confeccionar de manera a priori el funcionamiento que debe tener la sociedad. Tal error supone el fracaso de las ideas pues la realidad concreta es demasiado grande como para que una previa meditación sistemática (y por lo general fuera de contexto histórico), sea capaz de brindar una luz para poder ver en el oscuro horizonte algún camino.

No se trata entonces de tirar la toalla, de aceptar el estado como estructura modelo y necesaria para garantizar, a todos los ciudadanos, sus derechos. Tampoco se trata de aceptar la idea de que por medio del estado es posible lograr su propia abolición. Lo que queremos hacer ver es la necesidad de que la lucha por la libertad y la justicia tiene que cambiar, tiene que empezar a crea nuevos caminos de lucha.

El conflicto y la crisis son necesarios para la humanidad. Su importancia está en que las innovaciones, el desarrollo y los cambios se dan en virtud de las circunstancias que se abalanzan sobre el ser humano. Anteriormente destacábamos lo que Maquiavelo llamaba virtud y fortuna. Tales conceptos son esenciales para el entendimiento dialéctico de la sociedad. Es necesario que en la vida exista un nivel de tensión que encienda la potencia emprendedora tanto del individuo, como del colectivo. Si estudiamos la historia nos damos cuenta que la conquista de la libertad trae consigo la construcción de nuevos muros.  Pero, tal tensión no debe entenderse en una relación de opuestos que buscan erradicarse, sino de opuestos que buscan superarse. Dicha superación permitiría que los cambios sociales logren concretizarse en un plano alternativo. Es decir, llegar a crear una zona alternativa dentro de la misma sociedad, cuya funcionalidad estribe en las necesidades de los individuos en correlación con el colectivo. Por ejemplo, si la educación del estado es mala, dicho plano alternativo debe ser capaz de crear una educación que supere a la del estado, si la salud del estado no es lo suficientemente buena, dicho plano alternativo debe construir una mejor salud, más humanizada, etc. Y de este modo con cada uno de los aspectos sociales.

  


[1] Entendemos por corso-ricorso, la visión histórico-filosófica del pensador renacentista Vico. Ésta se basa en la idea de que el devenir de la historia  puede representarse en un espiral, donde los picos altos, corso, son las épocas donde las sociedades logran un gran nivel de superación y los picos bajos, ricorso, las épocas donde las sociedades van declinando a tiempos de crisis.
[2] Recomiendo “Apocalípticos e Integrados” de Umberto Eco, donde se desarrolla de manera muy amplia el problema de la cultura de masas.   
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